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Psicóloga advierte que mujeres en turnos mineros enfrentan mayor agotamiento por la doble carga laboral y doméstica

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La creciente incorporación de mujeres a la minería ha significado avances en autonomía económica, oportunidades profesionales y equidad laboral. Sin embargo, los sistemas de turnos continúan generando importantes desafíos para compatibilizar el trabajo en faena con la crianza, las tareas domésticas y la vida personal.

La creciente incorporación de mujeres a la minería ha significado avances en autonomía económica, oportunidades profesionales y equidad laboral. Sin embargo, los sistemas de turnos continúan generando importantes desafíos para compatibilizar el trabajo en faena con la crianza, las tareas domésticas y la vida personal.

Así lo explicó la psicóloga de la Universidad Católica del Norte, Romina Adaos, durante el programa Nosotras Somos Minería de Radio Madero, donde abordó los efectos emocionales y sociales que pueden provocar jornadas como los turnos 4×3, 7×7 y 14×14.

La especialista señaló que el trabajo por turnos produce alteraciones que no afectan exclusivamente a la minería y que pueden manifestarse tanto en la salud física como mental de los trabajadores.

“Los sistemas de turno generan irregularidad, la condición de no llegar a casa y una serie de efectos fisiológicos y corporales. Puede existir mayor propensión a desarrollar ansiedad, depresión, alteraciones en la vida familiar y dificultades para recuperarse”, explicó.

La doble carga que recae sobre las trabajadoras

Aunque los sistemas de turnos también generan consecuencias sobre los hombres, Adaos sostuvo que las mujeres suelen enfrentar una carga adicional asociada a los roles de género y a las responsabilidades históricamente vinculadas al cuidado.

La psicóloga explicó que la denominada carga mental —que considera la planificación, anticipación y administración de las necesidades del hogar— continúa recayendo principalmente sobre ellas.

“Cuando se estudia quiénes presentan una mayor sensación de agotamiento, cansancio o estrés, habitualmente son las mujeres, pese a que los hombres también trabajan bajo sistemas de turno”, afirmó.

Incluso, indicó que algunas trabajadoras declaran sentirse más descansadas durante su permanencia en faena que cuando regresan al hogar.

“Hay mujeres que sienten que descansan más estando en turno que en la casa. Cuando regresan, deben hacerse cargo de manera mucho más global de la gestión del hogar”, señaló.

Esto significa que, una vez finalizadas las exigentes jornadas laborales, muchas trabajadoras retoman labores de cocina, aseo, organización familiar, acompañamiento escolar y cuidado de hijos o adultos mayores.

La profesional advirtió que la incorporación femenina al mercado laboral no siempre ha estado acompañada de una redistribución equivalente de las tareas domésticas.

“Las mujeres se han insertado como fuerza laboral, pero no necesariamente se ha incorporado una lógica de corresponsabilidad. La planificación y organización del hogar todavía permanecen asociadas principalmente a ellas”, sostuvo.

Redes de apoyo como factor protector

La ausencia prolongada del hogar puede afectar la crianza, las relaciones de pareja y la dinámica familiar, especialmente cuando no existe una distribución clara de responsabilidades.

Adaos explicó que las redes de apoyo cumplen un papel fundamental para disminuir el estrés relacionado con los turnos.

“Si dentro del entorno de crianza una persona sabe que contará con su pareja o con una red familiar, la sensación de agotamiento puede disminuir, incluso cuando existen altas demandas laborales”, indicó.

Por el contrario, cuando la trabajadora no cuenta con pareja, familiares u otras personas que colaboren con las tareas de cuidado, aumenta el riesgo de sobrecarga emocional.

La psicóloga destacó que esta realidad puede afectar especialmente a madres solteras o mujeres que carecen de redes permanentes, quienes deben organizar anticipadamente el cuidado de sus hijos durante los días que permanecen en faena.

Por esta razón, planteó que la corresponsabilidad debe entenderse como una negociación familiar y no como una ayuda ocasional entregada a la mujer.

“Es necesario comenzar a negociar los roles al interior de las familias y avanzar hacia una corresponsabilidad efectiva, donde la pareja también participe de la planificación, la organización y la anticipación de las tareas”, afirmó.

Agotamiento sostenido y riesgo de burnout

Durante la entrevista, la especialista también abordó el síndrome de burnout, entendido como un proceso de agotamiento sostenido en el que la persona deja de sentir que posee los recursos necesarios para recuperarse.

Entre sus manifestaciones se encuentran la falta de energía, desconexión emocional con el trabajo, disminución de la motivación y la sensación de que los periodos de descanso ya no resultan suficientes.

“El cuerpo aguanta durante un tiempo, pero llega un momento en que ya no tiene los recursos necesarios para sobreponerse a esa cantidad de desgaste”, explicó Adaos.

La psicóloga aclaró que el estrés no siempre es negativo, ya que en determinados niveles permite mantenerse motivado, atento y preparado para responder a las exigencias del entorno.

El problema surge cuando las demandas superan sostenidamente la capacidad de adaptación de la persona y el estrés se convierte en distrés, generando cansancio crónico y posibles problemas de salud mental.

Entre las principales señales de alerta se encuentran la imposibilidad de recuperarse durante los descansos, irritabilidad, dificultades para dormir, pérdida de interés, desconexión laboral y sensación permanente de agotamiento.

La presión de demostrar capacidad en una industria masculinizada

Adaos también advirtió que muchas mujeres enfrentan una presión adicional por demostrar permanentemente que son capaces de desempeñarse en una industria históricamente masculinizada.

Esta autoexigencia, agregó, puede comenzar incluso durante la etapa universitaria y mantenerse durante toda la trayectoria profesional.

“Existe una exigencia por demostrar que tienen que ser las mejores, que no pueden fallar y que deben responder a todo. No siempre se aplica la misma vara para los hombres”, afirmó.

La psicóloga explicó que algunas mujeres que han alcanzado puestos de liderazgo han debido modificar aspectos de su personalidad para validar su presencia frente a equipos mayoritariamente masculinos.

“Muchas han tenido que adaptarse para demostrar permanentemente que son capaces, dejando de lado aspectos que formaban parte de su personalidad”, indicó.

Esta presión puede provocar agotamiento, disminución de la autoestima, sensación de insuficiencia y dificultades para equilibrar el crecimiento profesional con los proyectos personales.

En algunos casos, añadió, las trabajadoras postergan decisiones relacionadas con la maternidad o la vida familiar para mantener sus posibilidades de ascenso dentro de la organización.

Violencia y desigualdades según el tipo de cargo

La especialista sostuvo que los efectos de la inserción femenina pueden variar dependiendo del cargo, la edad, el nivel educacional, el origen social y la posición contractual de cada trabajadora.

Adaos explicó que actualmente participa en una investigación sobre las trayectorias laborales de mujeres mayores de 60 años que trabajaron en la industria minera.

Aunque el estudio aún se encuentra en desarrollo, señaló que los testimonios muestran experiencias de acoso, maltrato, discriminación y violencia laboral, especialmente en determinados cargos o entornos masculinizados.

“Muchas de estas situaciones no llegaron a denuncias. Las mujeres tuvieron que desarrollar mecanismos de adaptación para evitar o enfrentar esas experiencias”, señaló.

En cargos de liderazgo, en tanto, las entrevistadas han relatado los sacrificios personales y familiares que debieron realizar para desarrollar sus carreras.

Algunas contaron con redes de apoyo que facilitaron su continuidad laboral, mientras que otras debieron interrumpir sus trayectorias y posteriormente enfrentar dificultades para reinsertarse.

Adaos planteó que estas diferencias deben analizarse desde la interseccionalidad, concepto que reconoce que las mujeres no constituyen un grupo homogéneo y que sus experiencias están condicionadas por factores como clase social, edad, educación, maternidad y acceso a redes de apoyo.

El desafío de las empresas mineras

La psicóloga sostuvo que la conciliación no puede depender únicamente de estrategias personales o familiares, sino que también requiere medidas estructurales impulsadas por las empresas.

Entre las acciones recomendadas mencionó la evaluación permanente de los riesgos psicosociales, la implementación de programas de prevención de fatiga y el análisis diferenciado de los efectos de los distintos sistemas de turno.

También propuso fortalecer programas de mentoría y redes internas de trabajadoras, capacitar a las jefaturas en corresponsabilidad y prevención de violencia, e informar con suficiente anticipación los calendarios laborales.

“Entregar la información de los turnos con tiempo permite que las personas puedan programarse con sus familias. Esto es especialmente importante en trabajos de alto riesgo, donde además se requiere que las condiciones de descanso estén garantizadas”, sostuvo.

La confidencialidad de los programas de apoyo psicológico también fue identificada como un elemento central para que las trabajadoras puedan solicitar ayuda sin temor a consecuencias laborales.

Adaos planteó, además, que las políticas empresariales deben avanzar más allá de la conciliación entre trabajo y familia.

“Chile debería avanzar hacia una conciliación con la vida privada. Las personas tienen derecho a contar con una vida personal que no esté exclusivamente enfocada en el trabajo o en el cuidado de otros”, concluyó.

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