Camilo Escalona deja así algo más difícil de resumir que una lista de cargos. Deja escenas que pertenecen a distintas generaciones de Chile: la FESES y Allende; el exilio y los nombres clandestinos; las interminables disputas de la Concertación; y aquel día en que “Sebastián” entró al Senado, ya no escondido, sino para presidirlo.
Primera escena: un adolescente metido de lleno en la Unidad Popular
Tenía apenas 13 años cuando ingresó a la Juventud Socialista en 1969. Estudiaba en el Liceo N°6 de Hombres de San Miguel y provenía de una familia de origen popular. En 1972, en pleno gobierno de Salvador Allende, fue elegido presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES). Al año siguiente integraba ya el Comité Central de la Juventud Socialista.
El golpe militar convirtió abruptamente al dirigente estudiantil en perseguido. La Junta Militar lo requería y fue el sacerdote Rafael Maroto quien logró ingresarlo a la Embajada de Austria. De allí comenzó un exilio que pasó por Viena, Cuba y Berlín Oriental.
Segunda escena: “Sebastián”, el hombre que volvió clandestino
En 1983 ocurrió probablemente uno de los capítulos más cinematográficos de su biografía: Escalona decidió regresar clandestinamente a Chile porque la dictadura le impedía legalmente entrar al país. En aquellos años fue conocido por su nombre político: “Sebastián”. Al año siguiente ya integraba la Comisión Política clandestina del Partido Socialista.
El actual presidente del Partido Comunista, Lautaro Carmona, recordó hace unos días que ambos participaron en delegaciones clandestinas encargadas de mantener conversaciones bilaterales entre el PS y el PC. Eran reuniones de dos partidos perseguidos que intentaban recomponer relaciones mientras Chile continuaba bajo dictadura.
Esa experiencia ayuda también a entender al Escalona posterior: desconfiado de las fracturas de la izquierda, obsesionado con la supervivencia de su partido y conocido por un carácter político duro. Un perfil de La Tercera de 2009 recogía incluso episodios de discusiones ásperas con dirigentes como Alejandro Navarro, Sergio Aguiló y Carlos Ominami, además de recordar aquella ocasión en que abandonó el estudio de Tolerancia Cero después de una discusión. Era parte de una personalidad que difícilmente pasaba inadvertida.
Tercera escena: el hombre fuerte del PS
Con la democracia, “Sebastián” dejó la clandestinidad y Camilo Escalona pasó a ocupar el centro del escenario. Fue diputado desde 1990, varias veces presidente del Partido Socialista, senador y uno de los dirigentes con mayor capacidad para ordenar —y también tensionar— al socialismo durante los años de la Concertación. Su influencia sobrevivió incluso a derrotas electorales y disputas internas que parecían anunciar más de una vez su retiro.
Desde Atacama, el presidente regional del Partido Socialista, Francisco Madero, resumió esa dimensión histórica tras conocerse su fallecimiento: “Con Camilo se despide una parte esencial de la historia contemporánea del Partido Socialista: la Unidad Popular, el exilio, la resistencia a la dictadura, la recuperación de la democracia y la responsabilidad de gobernar Chile”.
Escalona fue también una figura incómoda incluso para los suyos. En 2013 protagonizó una de sus últimas grandes batallas públicas al rechazar participar en las primarias senatoriales del PS en Los Lagos. Perdió finalmente su espacio electoral, terminó compitiendo por Biobío Costa y no consiguió regresar al Senado. Era otra de esas caídas que alimentaron durante años la imagen del dirigente que parecía políticamente terminado y volvía a aparecer.
Cuarta escena: sentarse, 42 años después, en el lugar de Allende
Quizás ninguna fotografía sintetice mejor su trayectoria que la del 20 de marzo de 2012. El antiguo dirigente adolescente de la Unidad Popular, el exiliado y el clandestino “Sebastián” fue elegido presidente del Senado de la República. Hacía más de cuatro décadas que un socialista no ocupaba ese cargo: el anterior había sido Salvador Allende.
Escalona era plenamente consciente del simbolismo. En su discurso de asunción recordó a quienes lo habían protegido tras el golpe y cerró comprometiéndose a ejercer la Presidencia del Senado teniendo como referencia la tradición republicana de Allende. Pero también habló de algo que siguió acompañándolo: desigualdad, exclusión social y retraso de las regiones.
El círculo parecía cerrarse: el muchacho socialista de 1972, el perseguido de 1973, el hombre que volvió escondido bajo otro nombre y el dirigente que protagonizó las ásperas disputas de la Concertación terminaba sentado en una de las principales instituciones de aquella democracia cuya recuperación había marcado buena parte de su vida.
Francisco Madero lo despidió desde Atacama con una frase que resume esa trayectoria más allá de las controversias: “Tu vida de compromiso, tu lucha incansable y tu aporte a la democracia permanecerán para siempre en la memoria del socialismo chileno y de quienes seguimos trabajando por un Chile más justo, libre y solidario”.



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