Con el inicio de las actividades académicas correspondientes al segundo semestre, las familias de todo el país se enfrentan a un balance indispensable: cuantificar cuántos días efectivos de clases han perdido sus hijos en los niveles de educación inicial, como jardines infantiles, prekínder y kínder.
La Fundación Educacional Oportunidad ha encendido las alertas a nivel nacional al advertir que superar el umbral de las 18 o 20 inasistencias acumuladas durante el año escolar no es un hecho inocuo. Por el contrario, esta cifra configura un cuadro técnico de ausentismo crónico, una problemática invisible que debilita de forma progresiva la trayectoria educativa y el desarrollo de los estudiantes desde sus primeros años de vida.
La asesora técnica de Asistencia y Vinculación Internacional de la fundación, Yali Horta, abordó esta compleja realidad en conversación con Radio Madero. La especialista fue enfática al señalar que para capitalizar de manera adecuada las experiencias pedagógicas diseñadas para el aula, los niños y niñas deben registrar un porcentaje de asistencia igual o superior al 90% del calendario escolar anual.
“Cuando un alumno comienza a faltar de manera regular a la educación parvularia, pierde oportunidades de estimulación cognitiva que no necesariamente se vuelven a repetir en el futuro. En la primera infancia, cada día en el aula cuenta de manera decisiva”, argumentó la experta.
Brechas cognitivas y socioemocionales antes de primero básico
Aunque los indicadores generales de asistencia han mostrado una paulatina mejoría tras el término de las severas restricciones sanitarias impuestas por la pandemia del COVID-19, la deserción y la irregularidad en la asistencia escolar continúan mostrando cifras alarmantes dentro del segmento de la educación inicial.
Horta advirtió que existen estudiantes en la etapa preescolar que llegan a perder prácticamente la mitad del año escolar debido a inasistencias reiteradas que no son percibidas por sus tutores como un factor de riesgo.
La inasistencia regular en los niveles de transición no solo se traduce en el rezago de contenidos formales. Es en esta ventana del desarrollo biológico y psicológico donde los párvulos adquieren habilidades basales para la vida en sociedad:
Habilidades de autorregulación: Aprender a seguir instrucciones estructuradas, respetar turnos y comprender rutinas diarias.
Competencias del lenguaje: Expansión acelerada del vocabulario mediante la interacción guiada y el diálogo constante con adultos significativos y pares.
Habilidades matemáticas tempranas: Nociones básicas de espacio, cantidad, seriación y resolución elemental de problemas prácticos.
Desarrollo socioemocional: Capacidad de compartir espacios, negociar soluciones en conflictos infantiles y desenvolverse con seguridad fuera del núcleo familiar.
“La diferencia entre un niño que asiste de forma regular y uno que presenta ausentismo crónico se hace evidente al ingresar a la educación básica. El estudiante con buena asistencia cuenta con un set de herramientas muy superior para adaptarse a las indicaciones de los docentes, relacionarse con sus pares y sentirse plenamente cómodo dentro de un entorno colectivo”, explicó Horta.
La irreemplazable naturaleza del juego grupal y las secuelas de la pandemia
Uno de los mitos más arraigados que la fundación busca derribar es la concepción de que la educación parvularia cumple únicamente un rol de guardería o cuidado temporal. Existe un currículum nacional estructurado con rigurosos objetivos de aprendizaje donde el juego grupal es el principal motor del conocimiento.
Esta interacción social, según la especialista, es imposible de replicar de manera idéntica en el hogar, aun cuando exista un alto compromiso formativo por parte de las familias. Estudiar a distancia exige una cobertura del programa y una dedicación de tiempo que colisiona directamente con las jornadas laborales de los padres.
Respecto de las causas detrás de este fenómeno, Horta reconoció que las enfermedades estacionales y respiratorias son el principal factor de ausencia en invierno. No obstante, precisó que ante condiciones de salud crónicas el objetivo no debe ser la exposición del menor, sino el diseño de estrategias de reincorporación y acompañamiento para que el estudiante no pierda el vínculo afectivo y pedagógico con su curso.
Asimismo, la experta atribuyó parte de la baja valoración de la asistencia presencial al cambio de hábitos heredado de la pandemia. «La crisis sanitaria instaló la idea de que lo más seguro siempre era quedarse en casa. Sin embargo, ese mensaje no debe debilitar el derecho fundamental a la educación presencial. El desafío actual del sistema escolar es proteger la salud sin sacrificar el aprendizaje continuo de los niños», detalló.
Dejar de ver la lista como un mero trámite administrativo
Finalmente, la Fundación Educacional Oportunidad instó a los equipos directivos y docentes de los colegios a no limitar la toma de asistencia a un simple reporte burocrático de subvención. Si un alumno falta con un patrón de conducta establecido, el colegio debe investigar las causas profundas que pueden estar detrás: dificultades de transporte, problemas de alimentación en el hogar o ausencia de redes de apoyo familiar.
La organización hizo un llamado a los padres y cuidadores a revisar las libretas de notas, fomentar activamente la puntualidad y mantener una comunicación fluida con los planteles, asumiendo que la constancia y la formación de hábitos desde prekínder son la base para el desarrollo de los adultos del futuro.



0 comentarios