Entre los mausoleos que flanquean la primera vía de ingreso al Cementerio General de Antofagasta, la oscuridad de la noche apenas cedía ante una luna que parecía llena. Hasta allí llegaron periodistas, poetas, escritores, gestores culturales, guías turísticos e integrantes de la Hermandad de la Costa, defensores del patrimonio y admiradores de Andrés Sabella para volver a encontrarse con la memoria del autor de conceptos como Norte Grande y antofagastinidad.
El escenario imponía una atmósfera difícil de ignorar: el silencio del camposanto, las sombras proyectadas sobre las antiguas sepulturas y las voces quebrando la quietud provocaban ese inevitable escalofrío de caminar de noche entre los muertos. Pero esta vez no había temor, sino evocación: a 37 años de su partida, el “Duende” volvía a convocarlos en el mismo lugar donde descansan sus restos.
La jornada reunió la noche de este martes en el cementerio a escritores, poetas, periodistas e integrantes de la Nao Antofagasta de la Hermandad de la Costa, organización con la que Sabella mantuvo un estrecho vínculo y donde era conocido como el “hermano Duende”. Entre poemas, anécdotas y tradicionales “orsas”, los asistentes reconstruyeron distintas dimensiones de un personaje cuya presencia continúa atravesando la identidad cultural antofagastina.
María Canihuante, reconocida defensora patrimonial de la obra del también periodista, recordó especialmente las circunstancias que rodearon las últimas horas del escritor y una historia que, con el paso de los años, adquirió un carácter casi legendario: el último poema que Sabella habría escrito.
El misterioso último poema escrito con vino
Según relató, Sabella regresaba de una comida junto a integrantes de la Hermandad de la Costa cuando decidió detenerse en un restaurante que permanecía abierto. Pese a que le recomendaron continuar a casa porque al día siguiente debía reunirse temprano con universitarios para hablar de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, decidió entrar.
Allí, un matrimonio se levantó de una mesa para saludarlo. La mujer, profesora de Antofagasta, lo abrazó y Sabella respondió de una manera característica en él: tomó una servilleta, sacó un lápiz y escribió espontáneamente un poema. Incluso habría utilizado vino para decorar aquella improvisada creación.
“Sin saberlo, fue el último acto literario que él hizo. Fue el último poema que escribió”, recordó Canihuante. El destino de aquella servilleta continúa siendo un misterio. El matrimonio falleció y nunca pudo establecerse con certeza quién guardó el escrito ni dónde terminó. Con ello se habría perdido uno de los últimos vestigios de la creación del poeta.
Pero la conmemoración también abordó uno de los episodios más dolorosos de su trayectoria: su salida de la entonces Universidad del Norte, institución de la que había sido académico, fundador de la Escuela de Periodismo, y que lo había distinguido como Doctor Honoris Causa.
El dolor de la expulsión del periodismo
Canihuante sostuvo que aquel episodio acompañó durante años a Sabella. “A mí me echaron. Esa es la verdad, a mí me echaron de la universidad”, se escucha decir al propio escritor en un registro que años después permitió respaldar las gestiones destinadas a recuperar institucionalmente su memoria y reivindicar su trayectoria académica.
Ese vínculo universitario también fue recordado desde el periodismo. Durante la ceremonia se destacó a Sabella como profesor y formador de generaciones de reporteros, además de su influencia en una concepción del oficio vinculada a la defensa de la democracia, la búsqueda de la verdad y la sensibilidad frente al efecto que tienen las palabras sobre las personas.
“Él fue profesor, académico, fundador y generó una escuela de grandes reporteros, de plumas muy connotadas a nivel nacional”, se destacó durante el encuentro, reivindicando una herencia que habría alcanzado a sucesivas generaciones de periodistas formados en la Universidad Católica del Norte.
Miembro de la hermandad
Su amor por el mar tuvo también un espacio central en la romería de la mano del presidente de la Hermandad de la Costa, Javier Pescado Vega. Uno de los homenajes de la cofradía recorrió «Canciones para que el mar juegue con nosotros», obra en la que emerge ese Sabella convertido en “duende: un hombre capaz de conservar la mirada del niño mientras observaba el desierto, el océano y la vida cotidiana del norte».
Desde esa perspectiva, el escritor fue retratado como una figura dividida deliberadamente entre el adulto y el niño, entre el hombre que conoce las tempestades y aquel que todavía quiere salir a buscarlas. Una dualidad expresada en sus mascarones, sirenas, barcos, gaviotas y personajes capaces de transformar el mar en un territorio para jugar.
Inspirador de poetas y la cultura del desierto
También hubo recuerdos personales. La poeta antofagastina María Luisa Bravo, conocida con el seudónimo de Malubrao, relató que conoció a Sabella cuando tenía 15 años, después de que una profesora del Liceo de Niñas pidiera a sus estudiantes buscar un poeta nortino que pudiera inspirarlas. La búsqueda la llevó hasta la casa del escritor en calle Maipú.
“Estuve en su casa, tuve esa suerte, aprendí de él”, recordó antes de leer un poema dedicado al escritor, evocándolo caminando por calle Prat, observando el mar, recorriendo la pampa y regresando a aquella casa que durante años funcionó como refugio de su creación.
Claudio Lagos, ex seremi de las Culturas, recordó en tanto un encuentro con Sabella cuando tenía alrededor de 11 años y estudiaba en el Liceo Experimental Artístico. Era agosto de 1989, apenas días antes de la muerte del poeta.
Sabella había llegado caminando hasta el establecimiento para conversar con los estudiantes. Al terminar la actividad, la madre de Lagos decidió llevarlo de regreso en su automóvil. Durante el trayecto, Sabella, conocido por ser militante comunista y desplazarse habitualmente a pie por Antofagasta, lanzó una inesperada broma: le dijo que era “burguesa” porque tenía auto.
Más de tres décadas después, Lagos aseguró conservar incluso el concepto de un poema escuchado durante aquellos años. Esa capacidad de permanecer en la memoria, sostuvo, demuestra que algunas personas consiguen dejar huellas incluso en quienes las conocieron cuando apenas eran niños.
Desde la Hermandad de la Costa surgió otra historia en la voz de su presidente, quien recordó que Sabella era amigo de sus padres y que cuando era pequeño lo bautizó cariñosamente como “Javier Pescado”. Décadas después, cuando ingresó a la Hermandad y tuvo que escoger su nombre de combate, recuperó precisamente aquel nombre que le había entregado el poeta.
Así, entre recuerdos familiares, poesía, periodismo, universidad y mar, Antofagasta volvió a encontrarse con Andrés Sabella.
Han pasado 37 años desde su muerte, pero el homenaje dejó una impresión compartida: el escritor continúa presente no solamente en los libros. Sobrevive en quienes alguna vez fueron sus estudiantes, en periodistas que reconocen su escuela, en poetas que encontraron inspiración en su obra, en los navegantes que todavía lo llaman “hermano Duende” y en las historias que siguen circulando por las mismas calles que recorrió a pie.
Porque quizás esa sea una de las dimensiones más persistentes de su legado: Andrés Sabella no solamente escribió sobre el norte. Ayudó a convertirlo en literatura y, con ello, a enseñarle a varias generaciones a mirarlo de otra manera.



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